jueves, 25 de agosto de 2011

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He perdido a mi hijo.
Se le detuvo el corazón.
¿En qué momento se forma el alma? Ni siquiera sabemos si se forma, se adquiere, o si nos es dada por origen divino. Probablemente no llegó a tener consciencia de sí mismo, de su cuerpo, su entorno, del cálido hogar que le rodeaba.
No conocerá los besos, los abrazos, la ternura, la belleza de tantas cosas en la Tierra. El universo, la filosofía, las leyes matemáticas que lo inundan todo, no sabrá lo estimulante que es el proceso de aprender… La música, la pintura, todas las artes. No tendrá amigos, no podrá respirar, ni amar.
Tampoco sentirá el dolor que sus padres sentimos ahora, la frustración, las injusticias, ni afortunadamente conocerá la maldad sin límites del ser humano.
Sin embargo sí le quisimos durante toda su existencia, prácticamente desde las primeras horas, apenas un puñado de células. Estés sonde estés, descansa en paz. Te querremos y recordaremos siempre.
Qué poco sabemos de la forma en que comienza nuestra vida, perfeccionada durante millones de años de evolución. Sabemos muy poco de todo en general, con nuestros teléfonos móviles, los ordenadores, los rascacielos, nuestros viajes en avión al otro lado del mundo… Apenas hemos extraído unos litros en la inmensidad del océano del conocimiento. La cotidianidad absurda de nuestro trabajo rutinario nos adormece los sentidos y la capacidad creativa.
Igual que sabemos poco de los primeros meses de vida y formación de un ser humano, es grande la fragilidad de esa vida hasta el nacimiento y aún después.
Hay que aceptar la vida del bebé durante los meses que estuvo con nosotros, siempre tan presente, aunque no pudiéramos abrazarlo, o acariciarlo, igual que hay que aceptar que nos dejó.



Estas palabras las escribí tras perder al bebé que esperábamos mi pareja y yo con gran ilusión. Fue un golpe duro. En parte para recuperarnos, para ‘cerrar página’, y como despedida, decidimos una noche escribirle los dos una carta, en la que mostrábamos nuestros sentimientos, y los de su hermanito. Después, la quemamos junto a lo único que teníamos del bebé, una foto de la ecografía, y enterramos las cenizas en el jardín. Fue uno de los momentos más tristes y más emotivos de toda nuestra vida.
Desde fuera quizá parezca extraño, pero nos ayudó a seguir adelante con nuestra vida y a asumir la pérdida. Ahora vemos esa parte del jardín de otra manera.